Varios manifestantes solicitan a Alemania el pago inmediato
de indemnizaciones a todas las víctimas griegas del nazismo
Pedro Olalla. Atenas
Cansados ya de hablar de la deuda de Grecia, hablemos, por ejemplo de
la de Alemania, su "gran rescatadora" para beneficio de la ingeniería
financiera y para tranquilidad de los mercados.
Para hablar de esta deuda, no hace falta recurrir a argumentos de
carácter moral o cultural, que, pese a su solidez y su certeza, podrían
ser tildados de retóricos por algunos cretinos; bastará con hablar de
dinero; nada de sentimentalismos: real money.
¿Saben Uds. cuál es el país europeo que más rotundamente y con más
éxito se ha negado de forma reiterada al pago de sus deudas? No es otro
que Alemania. Y no se trata de deudas derivadas de la mera especulación
financiera, sino de deudas derivadas de indemnizaciones de guerra: es
decir, de deudas contraídas por haber invadido, destruido, saqueado y
matado.
Tras el Tratado de Versalles (1919), la Alemania perdedora de la I
Guerra Mundial fue condenada a pagar reparaciones de guerra a los
aliados por valor de 226.000 millones de marcos de oro, una cifra
imposible, fijada con el fin de castigar a la belicosa nación y de poner
freno a una rápida recuperación que pudiera verse seguida de nuevas
hostilidades. Entre 1924 y 1929, la república de Weimar se mantuvo casi
exclusivamente de los préstamos recibidos de EE.UU. (más de un billón de
dólares), destinados en parte a sufragar las indemnizaciones señaladas.
Pero la situación para Alemania se hacía insostenible, y el crack del
29, además de enormes pérdidas para los prestamistas, abrió la
posibilidad a la renegociación de la deuda: así pues, en 1930 (Plan
Young), esa ingente obligación de pago quedó formalmente reducida... a
la mitad (112.000 millones). Entre 1931 y 1932, y dada la situación de
la economía mundial, EE.UU. decide condonar las deudas de guerra a
Francia y Reino Unido, quienes, a su vez, renuncian como acreedores a
buena parte de la deuda alemana (Moratoria Hoover y Negociaciones de
Lausanne). Resumiendo, en 1932, Alemania consiguió una reducción neta de
más del 98% de las deudas a las que le obligaba haber puesto en marcha
la I Guerra Mundial, y en 1939, cuando pone en marcha la segunda, la
Alemania de Hitler suspende unilateralmente todos los pagos, incluido el
de este 2%.
Acabada la II Guerra Mundial, la historia se repite: Alemania es
condenada a pagar cuantiosísimas indemnizaciones de guerra, pero, en el
célebre Tratado de Londres (1953), los EE.UU., deseosos de convertir a
la nueva Alemania federal en un pilar de la OTAN frente al bloque
soviético, consiguen "convencer" a veinte países –entre ellos Grecia–
para que accedan a una condonación "de facto" de todas las deudas
alemanas derivadas de la Gran Guerra. Sin embargo, este extraordinario
tratamiento de favor –y las favorables politicas extranjeras para que el
país "perdedor" recuperase pronto el superávit comercial– no fueron
obstáculo para que Alemania siguiera reclamándole a una Grecia invadida,
expoliada por sus tropas y con un millón de muertos... todas las deudas
anteriores a la guerra desde 1881. No fue obstáculo para que, en 1964
-y con la ayuda de Georgios Papandreou (abuelo) y Kostas Mitsotakis–,
Alemania consiguiera el reconocimiento de esas deudas por parte del
gobierno griego, engrosadas además con una altísima prima de riesgo que
hace que aún las estemos pagando. Y tampoco fue obstáculo para que, en
1990 –cuando la unificación de Alemania obligaba a revisar los términos
del Tratado de Londres y a retomar el pago de las indemnizaciones
congeladas en virtud del mismo–, la Alemania de Kohl se negase
nuevamente a pagar la mayor parte de esa "vieja deuda" y países como
Grecia siguieran sin encontrar justicia.
No nos engañemos con falsas lecciones de moral: el llamado "milagro"
de la economía alemana se basa primordialmente en el impago reiterado de
sus deudas por indemnizaciones de guerra. Y digo, primordialmente,
porque deberíamos referir también, como cimientos del "milagro", la
prosperidad adquirida por la explotación del trabajo forzado en 78
campos de concentración por colosos económicos como Krupp, Thyssen,
Volkswagen o I.G. Farben, padre este último de gigantescas
multinacionales como Bayer, Agfa o Aventis, que siguen dando muestras de
buenas prácticas en el mundo globalizado de hoy (como también Neuman,
Siemens, SLC Germany GmbH, etc., por no hablar de la industria
armamentística alemana, tan boyante entonces como ahora).
Más allá de las hipocresías, la pregunta es la misma de siempre: ¿quién debe a quién?
Desde: pedroolalla.com